Las Etiquetas
Por Raúl E. Valobra
"Escrita en abril del 2015, para aquellos que hoy reclaman la "unidad". Cuando algunos la reclamamos siempre..."
Desde hace un tiempo el modelo devanea entre ambas orillas de su amplio continente y en medio de esa oscilación constante busca reubicar sus tropas en la posición exacta, de acuerdo a la tendencia que se imponga de aquí en adelante. En ese reposicionamiento de las tropas surge la exageración, el abuso de las etiquetas por encima de otras cualidades que podrían exhibirse como estandarte más representativos.
Desde el 2001, en el ocaso de la política argentina con el famoso “que se vayan todos” hasta este renacimiento de la esperanza donde la política logra nuevamente posicionarse en el centro de la escena para convertirse en la mayor herramienta de transformación que puede escoger cualquier sociedad que pretenda asegurar la igualdad de oportunidades a cada ciudadano garantizando Justicia Social, Independencia Económica y Soberanía Política.
Cuando han transcurrido 14 años, desde entonces, la aparición de distintas agrupaciones parece un florecer maravilloso, un despertar increíble aunque también invita a reflexionar sobre el motivo de la existencia de infinidad de agrupaciones dentro del Kirchnerismo. En muchos casos uno puede preguntarse qué los une, qué los separa y el porqué de la insistencia en remarcar las etiquetas casi desentendiéndose del Proyecto madre que los nuclea.
Ese afán de las banderas y toda la parafernalia que ya es parte folclórica de cada manifestación supera la capacidad de retención y que va desde la “Gloriosa JP” hasta “la Cámpora” pasando por la “Martín Fierro”, por elegir caprichosamente a las distintas banderas que acompañan los actos del oficialismo. Banderas que muchas veces flamean juntas en el aire y que en el territorio ideológico se hallan un poco más lejos.
La presencia de las banderas es respaldo, fidelidad, lealtad y dependiendo de las circunstancias de la realidad, en algunos casos cobra un valor que excede esos principios. El Kirchnerismo llega al final del tercer mandato consecutivo con un nivel de imagen positiva jamás visto, más allá del empeño de la oposición por señalar un “fin de ciclo” que por lo que parece goza de buena salud y acaba de imponerse en las PASO de Salta y en la ciudad neuquina de Zapala; antes lo hicieron en Villa Dolores, provincia de Córdoba.
Ahora, quien crea o considere que por sí solo puede encarnar la continuidad del modelo sin duda chocará contra su propia soberbia y la escasa visión política ya que el andamiaje del Frente para la Victoria requirió una obra de ingeniería política que tuvo a Néstor Kirchner como su principal ejecutor. Y aquellos que amenazan bajarse si uno u otro accede a representar al proyecto, luego de las PASO, deberán saber que son funcionales a la oposición desde ese fundamentalismo político que encierra una conducta poco democrática, ligada a la soberbia que deviene de los personalismos.
Llámese Foster o como se llame si solo participa de un espacio pluralista cuando favorecen a su vertiente pero al darse la alternancia interna decide bajarse públicamente pegando un portazo que debilita las estructuras internas, por esas etiquetas, las benditas que abundan, que saturan, limitan, marcan, señalan y dividen. El ala más reaccionaria del espacio, “La Cámpora”, ha entendido que hay que privilegiar la gobernabilidad y garantizar la continuidad porque al fin y al cabo llegó la hora de plasmar tanto discurso en nombre del respeto por la diversidad.
La militancia deberá entender que la única etiqueta indeleble es la del Proyecto, que esa es la bandera que suma y fusiona y que los fragmentos del ideario no pueden estar por encima de esa doctrina. En un año en el que se define el futuro económico del país, cada integrante de esta fuerza política transformadora tendrá que refrendar sus credenciales para demostrar que está a la altura de las circunstancias y que se lucha por ideales colectivos y no por las conquistas personales.













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